04 julio 2012

La última frontera del petróleo

La plataforma petrolífera Kulluk y el buque de exploración Noble Discoverer están anclados en los muelles de la empresa de astilleros Vigor, en el puerto de Seattle, en el noroeste de EEUU. Por su aspecto, nadie podría pensar que esas dos naves pueden ser la llave que abra una nueva fase en la historia de la energía y del medio ambiente: la carrera por el petróleo y el gas natural del Ártico. Una carrera en la que las empresas energéticas «están preparando una inversión de 80.000 millones de euros en la próxima década», según señala Emily Stromquist, de la consultora de riesgo político estadounidense Eurasia Group. 

Ambas naves sólo esperan a que el hielo que se ha formado en el inusualmente duro invierno que han tenido Alaska y Siberia este año se funda para poner rumbo al norte. En realidad, aún les quedan algunas autorizaciones, pero en los últimos días el secretario de Energía de EEUU, Ken Salazar, no ha vacilado en decir que «creo probable que logren esos permisos». 

El Noble Discoverer -que tiene el aspecto de un barco con un pozo de petróleo clavado en el medio- perforará tres pozos en el Mar de Chukchi, un territorio remoto al norte del Estrecho de Bering entre Alaska y Siberia, que es uno de los lugares del mundo más ricos en fitoplancton, la hierba del océano. 

La Kulluk irá al norte de Alaska, donde realizará dos prospecciones en el Mar de Beaufort, uno de los pocos lugares del mundo donde no hay sobreexplotación pesquera, y en el que todavía hay comunidades de esquimales que dependen para su alimentación de la caza de focas y ballenas. Como explica Mark McClelland, analista de la consultora de riesgo político Maplecroft, «el Ártico es la nueva frontera del petróleo, pero hay riesgos humanos -por su impacto en las comunidades indígenas- y ambientales». 

Todos los pozos serán practicados en áreas «muy superficiales, de una profundidad de entre 30 y 50 metros, y penetrarán entre 2.300 y 3.300 metros dentro de la corteza terrestre», explica Curtis Smith, portavoz del gigante angloholandés del petróleo Shell, que va a realizar las exploraciones. Shell deberá actuar deprisa. El Gobierno de EEUU sólo permite perforar en los mares de Chukchi y Beaufort del 15 de julio al 31 de octubre, cuando están libres de hielo.

Es una operación de una complejidad abrumadora, porque sólo hay un precedente: cinco pozos en el Mar de Beaufort en las décadas de los 80 y 90, que no están operativos. Pero esta vez Shell quiere quedarse. La razón son los avances tecnológicos, el precio del barril de petróleo, que a largo plazo va a seguir subiendo, y la desaparición del casquete polar ártico. Es posible que en 30 años no haya hielo en verano en el Polo Norte. En 2010, una ballena gris del Pacífico cruzó el mar al norte de Siberia y llegó al Atlántico, de donde esa especie fue extinguida en el siglo XVII. Tras ella, irán las petroleras. 

El premio petrolero del Océano Glacial Ártico es espectacular. Sólo en Alaska hay bajo el mar un mínimo de 27.000 millones de barriles de crudo, es decir, más que en Qatar. Ésa es la razón por la que Shell pagó en febrero de 2008 la friolera de 1.700 millones de euros a EEUU por su concesión en el Mar de Chukchi. Y ésa es la razón por la que el 15 de junio Exxon Mobil, la mayor empresa petrolera privada del mundo, firmó con el gigante estatal ruso Rosneft un acuerdo estratégico para explotar una serie de yacimientos de petróleo y gas en Siberia, también al norte del Círculo Polar Ártico. 

Las operaciones de Exxon Mobil y Rosneft serán en el terreno del petróleo y el gas no convencionales. Ese nombre no se refiere al tipo de hidrocarburos, sino a la técnica utilizada para extraerlos, llamada fracturación hidráulica o fracking. En vez de pinchar un yacimiento de rocas porosas, que permiten a los fluidos escapar, se perforan rocas densas y se inyectan decenas de miles de toneladas de agua, arena y cientos de productos químicos para fracturar la roca y liberar el gas y el petróleo. El problema es que esas prácticas consumen cantidades fenomenales de agua -más de 13.000 toneladas por cada pozo- y pueden provocar contaminación de acuíferos. Eso es algo muy serio en el Ártico, donde el suelo suele ser pantanoso y existe, además, una capa de hielo subterránea, el llamado permafrost. El fracking nunca se ha usado en esas regiones. 

Exxon Mobil no está sola. La empresa estatal noruega Statoil va a explotar con Rosneft petróleo en el Mar de Barents. La petrolera italiana ENI, parcialmente controlada por el estado y muy controvertida por haber sido el puente entre Muamar Gadafi y Silvio Berlusconi, también va a colaborar con Rosneft en lo que The Wall Street Journal ya ha calificado como «la carrera por el petróleo del Ártico».

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