09 agosto 2012

De una guerra a otra

Un clamor contra la guerra. Y don Alfonso Guerra robando plano con su carita mairena y sus versos del adiós. Una muchedumbre en pie de paz, en un desfiladero entre dos guerras: eso es, de pronto, este país. El alma, la voz, la pluma, la memoria en contra de la guerra, y el señor Guerra interfiriendo con el bombazo de su dimisión.

Parece un sabotaje. 0 ganas de ponerse wagner en el mutis, tras el disfraz machado, la careta mahler, la parodia rusell. Tiempo convulso, entorno trágico, estruendos nibelungos ha elegido el señor Guerra para anunciar que se rinde.Estamos todos estremecidos por el sonido lúgubre de los tamboresde guerra, y el señor Guerra se nos descuelga con la tamborada de su rendición y venga a chupar cámara.Estaba la actualidad corroída por la metástasis anunciada de la guerra, y vino el señor Guerra adistraerla un poco. Parece un último acto de servicio. De servicio a don Felipe González, por supuesto. 

Yo me refiero sólo a facilitarle el cambio de Gobierno, me refiero a amortiguar, con el vistoso parapeto de que el señor Guerra se va, los clamorosos ecos del rechazo múltiple a la guerra, de la ruidosa y emocionada protesta por el colaboracionismo bélico de don Felipe. De repente, el señor Guerra se le aparece a don Felipe y se nos aparece a todos como el gran caído y se encoge, como por ensalmo, el espacio dedicado a presentir, a prellorar, a sepultar desde ahora mismo a quienes inician su destino de caídos. Un alivio, sin duda, para don Felipe y su conciencia: desalojemos un poco de remordimiento, que hay que hacerle sitio al dolor por el amigo que se va. Una pacífica asamblea de gestos y palabras en contra de la guerra iba a ser en estos días este país, y se entromete el señor Guerra con una despedida primadona.

De miles de gargantas, de un largo centenar de firmas de escritores, incluso de millones de silencios asustados se levanta la voz de la protesta: no a esa locura. 

De pronto, estalla un fogonazo y don Alfonso Guerra entona el aria calculada de su renunciación, para ayudar a Felipe. Bueno, ésta es mi teoría, la de mi amiga la Susi es diferente; según ella, el señor Guerra se quita de en medio, antes de que lo quiten, para poder decir con la boca llena yo sé dimitir, pero lo proclama en estos días porque, dirá él, si este mundo revienta más vale quedar libre de pecado. Y que cargue Felipe con los muertos. El señor Guerra se va, y queda la guerra; el señor Guerra nos deja la guerra a los demás.

Y se la deja, sobre todo, a don Felipe. Que se las apañe como pueda, que carge en solitario con el peso rencoroso de la Historia. La Susi tiene razón: perpetrado en estos días, ese acto de servicio es un acto de traición. Es el tumor esparcido de la guerra. En el momento exacto, el señor Guerra ha dado la espantada; todo el espanto, pues, para Felipe.

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