El gángster y su Cadillac

El gángster Frank Rosenthal, más conocido por el apodo de «El Zurdo» y nacido en Chicago hace 67 años, está todavía vivo para contarlo. De hecho, sus memorias y confesiones constituyen el material a partir del cual Martin Scorsese ha creado el largometraje número 17 de su carrera, Casino, que se estrena la próxima semana, una de gángsters que significa su regreso al ámbito mafioso desde La edad de la inocencia.

Matón a sueldo, corredor de apuestas y gerente de casinos en Las Vegas para la mafia de Chicago, «El Zurdo» sobrevivió a juicios, bombas adosadas al coche, chantajes, intentos de asesinato y otras asechanzas. Incluso a un matrimonio flamígero con la prostituta más guapa de la ciudad de neón, Ginger McKenna, antigua compañera de estudios de Robert Redford y adicta a varias sustancias alucinógenas, que la hicieron finalmente reventar.

En la actualidad, nadie diría que bajo la apacible apariencia del anciano jubilado de canoso pelo ralo que ayuda a su sobrino a dirigir un pequeño club de golf en la reducida comunidad de Boca Ratón, en Florida, se oculta la verdadera personalidad del hombre que logró detentar la mayor cantidad de poder en sus manos en la floreciente Las Vegas de los años 70, la época dorada de la ciudad de los casinos y las máquinas tragaperras.

El excelente periodista y escritor especializado en asuntos de la mafia Nicholas Pileggi -tercer marido de la escritora, guionista y realizadora cinematográfica Nora Ephron- supo encontrar las borrosas huellas del rastro perdido de Rosenthal, en el largo y tortuoso recorrido que le llevó desde el desierto de Nevada hasta las costas de Florida.


Con paciencia e instinto pudo recoger sus testimonios para la novela Casino, publicada por Simon & Schuster, basada en las andanzas del judío errante, su mujer pública, y, en el tercer vértice de un triángulo de pasiones y violencia, un asesino compulsivo, viejo amigo y compañero de correrías criminales de los tiempos juveniles de Chicago, Anthony Spilotro, «La Hormiga». Con estos personajes turbulentos y materiales en ignición son con los que se fraguan las leyendas de poder y descenso a los infiernos que tanto atraen al realizador ítaloamericano.

Ciudad sin memoria

Un material incandescente que Martin Scorsese no podía dejar pasar sin convertirlo en una película de tres horas fundamentada sobre un triángulo de amor y odio, mezclada con elementos de tragedia jacobina y épica bíblica. No en vano, ya había adaptado un trabajo anterior de Pileggi, Uno de los nuestros, una de sus obras maestras protagonizada, como ahora, por su actor fetiche, Robert de Niro, y Joe Pesci.

La película arranca con la llegada de Rosenthal (en la ficción llamado Sam «Ace» Rothstein) a Las Vegas en 1968, con el fin de labrarse un nuevo porvenir, pero, sobre todo, enterrar en la ciudad sin memoria un turbio pasado con implicaciones en los bajos fondos y el crimen de Chicago.

Allí había nacido «El Zurdo», en el ventoso barrio de West Side, dando desde pequeño muestras de su habilidad con los números y las matemáticas. Virtudes que fueron aplicadas desde que tuvo uso de razón al servicio como recadero de diversos apostadores y gángsters. Oficio con gran beneficio que ejerció con la única interrupción de su servicio a la patria en el frente de Corea.

En 1961, ya instalado como hombre de confianza de la mafia de las apuestas, fue llamado a declarar ante un comité del Congreso que investigaba la influencia del crimen organizado en el juego. Sólo en aquella ocasión, recurrió a la Quinta Enmienda (que permite guardar silencio) hasta 37 veces. Arrestado en una docena de ocasiones, pero sin llegar nunca a cumplir penas de prisión, en 1968 Rosenthal decidió que el ambiente se le había enrarecido demasiado en la ciudad y partió hacia Las Vegas, donde la mafia de Chicago le puso al frente de varios de sus casinos, entre otros el Flamingo y el Stardust, lo que en tres años le convirtió en el soltero más poderoso de la ciudad. Y el más codiciado.

Quizá la única mujer que no había reparado en él como en un mirlo blanco que atrapar era Ginger McKenna, una deslumbrante californiana, veterana de las ruletas, mesas de apuestas y suites del Club Tropicana, que se acercaba peligrosamente a la cuarentena, a punto de comenzar el declive de su rubia belleza.

Ginger había llegado a Las Vegas huyendo de la pobreza de su Sherman Oaks natal, en cuyo instituto, el Van Nuys High School, coincidió en clase con Redford, graduándose en 1954. Durante seis años, hasta que un viejo amigo colocado de proxeneta en Las Vegas la reclamó a ella y a su hermana Bárbara, vistió gracias a la caridad del vecindario, cuidando a cambio a sus niños y alimentando a los animales de los establos.

Independiente, muy trabajadora y con una considerable fortuna, Ginger fue pedida en matrimonio por Rosenthal quien, a sus 40 años, decidió crear una familia, pese a que ella le dejó claro que accedía por seguridad y sin haber amor de por medio.

En Casino, «El Zurdo» recuerda que nunca se llamó a engaño cuando el 1 de mayo de 1969 les casó el juez de paz Joseph Pavlokowski en una capilla erigida frente al Caesar's Palace ante 500 personas que se atiborraron de caviar, langosta y Dom Perignon. Cuenta cómo ella mantuvo su mentalidad de prostituta y accedía a salir con él a cambio de regalos de joyas y pieles, incluso durante su matrimonio, que a los tres años fue bendecido con la llegada de un hijo, Stephen.

Un trío peligroso

Paradójicamente, mientras Rosenthal acuñaba poder, lo perdía en casa. Infiel, mujeriego y rudo, no pudo evitar que su mujer cayera bajo la dependencia del alcohol, drogas y malas compañías masculinas, turbulencias que coincidieron con la llegada de su peor pesadilla, un viejo compañero de Chicago, Tony Spilotro, dispuesto a comerse su trozo del pastel de la fortuna, aplicando métodos sangrientos muy poco ortodoxos y nuevos en la capital del juego.

El FBI puso pronto cerco a un trío que era pura dinamita. Sobre todo, cuando Ginger comenzó una relación con «La Hormiga», quien no dudó en exhibirla como un trofeo. Diversos altercados públicos, el cerco policial e intentos de huída de Ginger, quien había sido obligada a ser madre por segunda vez y asaltó las cajas de seguridad que su marido compartía con ella en el banco, desembocaron en la retirada de la confianza del jefe de la mafia local, Jackie Cerone, hacia Rosenthal y, por tanto, su caída.

Que sus enemigos aprovecharon asesinando a Spilotro -antes le obligaron a ver el apaleamiento hasta la muerte de su hermano-, enterrándole en un campo de trigo de Enos, Indiana, e intentando quitarle de en medio adosando una bomba a su Cadillac Eldorado, cuyo segundo suelo de acero, añadido para cuestiones de estabilidad, le salvó la vida de milagro.

Sin embargo, la peor parte fue para Ginger. Huída a Beverly Hills, entrando y saliendo de diversos establecimientos de salud mental, tras volátiles relaciones con tipos violentos, el 6 de noviembre de 1982 reventó en pleno Sunset Boulevard. La autopsia indicó que la muerte se produjo por una mezcla masiva de cocaína, Valium y whisky Jack Daniel's. Catorce años más tarde, su personaje, presentado bajo el nombre de Geri McGee en Casino, le ha valido a Sharon Stone el Globo de Oro, la nominación al Oscar y el reconocimiento mundial como actriz seria. O de cómo el via crucis de una mujer puede ser la gloria de otra.

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