02 mayo 2017

La industria alimentaria

Una de las pocas ventajas de la edad es que uno, lo quiera o no, resulta que ha sido cocinero antes que fraile. Mi generación en concreto, (acaso por haber participado en el cotarro desde la feroz legitimidad del antifranquismo) ha desarrollado un olfato muy fino para detectar manipulaciones por activa y por pasiva en los medios. 


De vez en cuando, sin embargo, aparece una grata sorpresa, como la columna de Enric González en El País del 7 de abril, en la que se leen palabras infrecuentes: «Como soy de izquierdas, acumulo prejuicios: los miserables de izquierdas me resultan especialmente insufribles». Se refería el columnista a los métodos documentalistas de Michael Moore: «Ensamblando discursos diferentes y eliminando de ellos las palabras que no le convenían hizo que (Charlton Heston) exhibiera una total indiferencia por la matanza ( ) en un instituto. Luego ( ) abusó de Heston, ya afectado por una enfermedad degenerativa. A Moore le dieron varios premios por ello».

La lista de manipulaciones que pueden detectarse desde los ingenuos «prejuicios» de un viejo izquierdista sería inagotable. Y ejemplar, como las monumentales mentiras autobiográficas de Rigoberta Menchu, que le valieron el Nobel de la Paz. O el recurso a la movilización de «negros» argentinos para acallar protestas por parte de su presidenta, embalsamada, ya no en muerte como sus predecesoras, sino en vida, en litros de bótox, maquillaje y Chanel, y cuya femineidad -disiento en ello de la siempre incisiva Pilar Rahola- está más en la línea de la de los transexuales de todos los programas españoles de entretenimiento televisivo en horario infantil.Pero coincido con ella en la carga «semiótica» de la boina parisina de doña Cristina Fernández. 

Con esa boina, uno ya no necesita perder el tiempo en trámites parlamentarios. Con esa boina, uno se garantiza la adhesión inquebrantable de todos los gorilas argentinos -dignos de una escenografía de Bertolt Brecht para el control social, económico y político de Mahagonny-, a los que, por cierto, no hay que confundir con los torturadores de la extrema derecha, cuya semiótica pertenece a otro orden estético, muy pasado de moda.

Por un deslizamiento lingüístico que podría hacer las delicias de un hipotético lector lacaniano, paso de los gorilas del lumpen brechtiano a los que sobreviven en las selvas centroafricanas, que al parecer son objeto, junto a chimpancés, cocodrilos y leopardos, de la evocación gastronómica de un «gran africanista». Su libro de recetas, que no citaré, ha sido promocionado en prensa por un periodista cultural que he seguido con respeto (hasta hoy): Jacinto Antón. 

De nuevo como viejo viajero, retirado (y como viejo cristiano-marxista, renegado) creo, con mi sentido del humor algo disminuido, saber de qué va el antropocentrismo, la industria alimentaria (y el arte culinario) desde la ingestión de burros en Cataluña, de perros o de sesos de monos vivos en China, a la de gorilas y felinos (delicioso leopardo, observa el autor) en África.

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