10 febrero 2017

Isabel Preysler una vieja con ardores

De vez en cuando vuelven las Isabeles. No son apariciones arbitrarias, porque ellas miden mucho sus tiempos y cuidan el efecto sorpresa para no devaluarse. Hoy las nombro siguiendo riguroso orden alfabético, aunque su rivalidad es estrecha hasta en eso: Pa-ntoja y Pr-eisler. Pantoja se ajustó al momento facilitado por Julián Muñoz, alias «ese hombre», que gozó de permiso carcelario y se encerró con su amada en el feudo malayo de La Pera (limonera). La entrevista de Chelo García Cortés, fiel guardiana de las esencias de la folclórica, ha sido la única novedad que nos ha deparado el encuentro, aunque de ser ciertas las declaraciones de la Panto, tendremos culebrón para rato (yo que tú me haría unos análisis, reina).


Vistiendo un alegre modelo ad-lib (manda huevos), con el cuerpo recostado en un sillón de mimbre y la línea del mar al fondo, Isabel está guapa de cojones (o sea: de photoshop). Pero sus declaraciones son aire y van al aire. Las folclóricas siempre ofrecen una versión impostada de la vida y ella no quiere ser menos. Ahora, con Julián de nuevo en chirona, Pantoja respira otra vez tranquila.

Respecto a Preysler S.L., hoy comprendo por qué no acudió la otra noche a la presentación de sus joyas preferidas: estaba concentrada organizando la puesta en escena del spot viviente que ha protagonizado esta semana. Y es que Isabel se ha quitado (o la han quitado) de los bombones elegantes, pero mantiene los baldosines y las joyas, y acaba de incorporar un maquillaje a su lista de patrocinadores. Para ser imagen de marca hay que dosificar las apariciones, distanciarlas y crear expectativas. El último milagro de Preysler fue hace un par de semanas en la portada de Hola: un posado familiar en el que hasta Boyer lucía photoshop facial (inciso: con las prisas de la edición, a los de la revista se les olvidó plancharle el cuello). A las niñas, en cambio, les pusieron un par de añitos más para que el conjunto resultara uniforme y favorable para mamá.

Resumiendo: días preyslerianos. Isabel se mata a trabajar (ella siempre saca para sus gastos), ofreciendo a las cámaras un rostro progresivamente occidentalizado. Su última adquisición, la nariz griega (antes fue americana y, más antes, filipina), le sienta sttupendamente. Ya no necesita nada más. El tiempo que no invierte en posar lo invierte en mimar a los dos hombres que más le han cambiado la vida: Miguel Boyer y Giorgio Armani.

Gracias a Hola y a las Isabeles he redescubierto a Ivana Trump, que se ha casado por cuarta vez sin necesidad de que una marca le patrocine el vestido. Ella sí que sabe. Para la ocasión Ivana ha elegido a un tal Rossano Rubicondi, actor, modelo, bailarín y chulazo italiano. 

La boda era lo más de lo más. A saber: lo más abundante, lo más cursi, lo más hortera, lo más florido y lo más lujoso. Fue en Palm Beach, en la casa Mar-a-Lago, residencia de Marjorie Merryweather Post, heredera de la fortuna de los Corn Flakes (no es el nombre de una familia, sino el de unos cereales para el desayuno). Bosques de columnas, arcos dorados y estucos de opereta. Y ahí, plantada en medio, una tarta de casi 300 kilos a juego con los bosques de columnas, los arcos, los dorados y los estucos de opereta. Hubo de todo, hasta un toque solidario: el pastel que sobró fue regalado a los pobres de un hospital.

Alucino. En las invitaciones se pedía a las invitadas que llevaran traje largo de color pastel, a excepción del rosa y el amarillo, colores elegidos por la novia y su hijita Ivanka. El resultado era digno de una película de Disney. Nada de sobriedad, nada de Armani. Explosión de guipures, tafetanes y botox. La prota eligió para la ceremonia un traje imperio reinventado (parecía Josefina Bonaparte en un musical de Las Vegas), pero la confirmación de que todo es susceptible de empeorar fue el vestido del baile, un sueño en guipur rosa por el que mataría cualquier travesti de Chueca.

Para constrastar, los hombres iban de blanco, como en las white parties del Circuit. En una foto aparecen todos en fila: mullidos, sonrientes, comestibles, con los cogotes encendidos como los pavos de Acción de Gracias.

Había que hacer patria y la hice. El consejo regulador del cava nos convocó a la presentación de la nueva imagen (del cava, se entiende) y allá que fui. J. L. Mathieu me había dicho «estarán los tuyos» y no pude contener la curiosidad. ¿Los míos? Luego me di cuenta de que se refería a los catalanes, pero en ese momento no caí. Tras el brindis se me apareció Carlos Espinosa de los Monteros sin cochecito de golf y con la soga (corbata) al cuello. Nos saludamos como si nada (en temporada baja, él y yo sabemos hacernos los suecos) y departimos con Omar Azziman, embajador de Marruecos en España, que no estaba allí para beber sino más bien para olvidar. Junto al embajador, su señora, la embajadora consorte, más la embajadora viuda (Chávarri, madrastra de Marta) y, a continuación, Cristina Barrios (embajadora en misión especial para el cambio climático) y Rosa María Mateo, embajadora de su mismidad (desde que se retiró, está que se sale de guapa). Había también un secretario de Estado, una arquitecta, un humorista, un ex torero. Y Gema Ruiz Cuadrado, esa chica que vive a bordo de un traje de cóctel.

Los catalanes están preocupados por el agua (del Ebro: toco madera), pero la burbuja cura todas las preocupaciones. Cuando el cava viene a Madrid, la conciliación triunfa. Una de las mejores embajadoras de Barcelona en Madrid es Mar Raventós. Ella no estaba el otro día, pero apenas se notó: Mar siempre deja huella. Los fotógrafos tuvieron sobredosis de glamour: Nuria March, María García de la Rasilla, Sisita Milans del Bosch, Manolo Guasch, Silvia Polakov, Boris Izaguirre, los Romanones. Todos monísimos. 

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