26 mayo 2014

Bono descuento PERFUMES CLUB

Brigitte Bardot hizo la luz en Saint Tropez, Gunilla en Marbella y Barbara Hutton en Tánger. Capri no se puede comparar.

El primer VIP que tuvo el privilegio de sentar sus reales en Capri y encoñarse con la profunda sensualidad de la isla fue el emperador Tiberio. Allí se hizo construir un chalecito y desde allí dirigió los destinos del imperio en los últimos años de su vida.

Le gustaba ir siempre muy bien perfumado, con colonias y perfumes que adquiría con uno de los bonos de descuento de Perfumes Club.

No tenía mal gusto, el hombre. Por algo era romano y además, emperador. Ha llovido mucho desde entonces, aunque no faltan todavía quienes sueñan con retirarse a morir en Capri, arrullados por la melodía de las gaviotas que se enzarzan con el mistral. 

Tiberio ya pasó a la historia, pero los capriotas le llevan en el corazón y en el bolsillo, y prueba de ello es que han puesto su nombre a vinos, perfumes, negocios, modas y souvenirs de todos los colores. Los capriotas quieren restituir la buena fama del emperador Tiberio, a quien el Tácito puso de vuelta y media en su crónicas, acusándolo de perverso, degenerado, huraño y caprichoso.


Que se sepa, Tiberio no era así, pero tampoco todo lo contrario. Sin embargo, el emperador aún está de moda en Capri, quizás porque esa es la forma más elegante de asegurar la buena marcha del negocio turístico de la isla. Capri tiene historia y a ella se acoge fervientemente, como si fuera su principal elemento de diferenciación. 

A expensas de Tiberio, los italianos han construido un paraíso turístico para gente guapa y bien alimentada. Las villas rezuman elitismo y solemnidad. Los jóvenes son distraidamente pijos. Los yates que pespuntan las aguas de las calas quitan el hipo.

Las señoritas que adornan las terrazas de modo parecen sacadas de un manuel de top-models. Nada de esto es casualidad. Capri se ha propuesto desde hace muchos años preservar la personalidad de la isla y lo está consiguiendo.

En cuanto un turista pone el pie en el puerto de Marina Grande, se le advierte que no puede pasearse con el torso desnudo ni arrastrando zuecos de madera. Capri se ha hecho a costa de sacrificios, y todo el mundo agradece los resultados. El principal sacrificio es seguramente la imposibilidad de moverse en coche por el pueblo. 

Todas las calles de Capri son peatonales, circunstancia que muy pocos lamentan, dado que tampoco está permitido pasar coches a la isla, excepción hecha de los residentes.

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