31 mayo 2013

Pedro Romero un pelota advenedizo

Pedro Romero -no cabe la menor duda- era un advenedizo y quizá un pelota, que había olvidado su propia y humilde condición. Como otros muchos toreros, no sólo de aquellos tiempos sino de estos que ahora corren, le gustaba codearse con aristócratas, maestrantes y señores de influencia, que también entonces -como ahora- no desdeñaban sino aborrecían a los gitanos. Pero en todas las familias hay una oveja negra y, en ocasiones, un torero de izquierdas, que si además envidiaba la grandeza de su pariente, podía tomar partido por alguien, simplemente por el gusto de hacer rabiar a su poderoso hermano. José Romero fue el motor que puso en marcha la carrera taurina de Tragabuches, que a la edad de veinte años ya iba en las cuadrillas de Pepe y Gaspar Romero.

Dos temporadas después se anunciaba como sobresaliente de espada, hasta que en 1802 tomó la alternativa en la plaza de Salamanca, precisamente el día en que murió corneado su maestro Gaspar Romero. José Ulloa alternó con éxito, entonces, el contrabando y el arte de lidiar reses bravas. De Gibraltar -vía tradicional en aquellos tiempos y en tiempos posteriores- venían sedas, tabaco, café y productos orientales que Tragabuches, con sus airados amigos, vendía a los maestrantes y a los aristócratas de Ronda añadiendo, al riesgo de los toros, las balas de los guardias y la sombra del presidio. Un día -ya casado con la Nena- aceptó un contrato para torear en la ciudad de Málaga que le ofreció su amigo el diestro cordobés Francisco González Pancho, previamente ajustado y con poderes para elegir compañeros. Entonces no había Costa del Sol, ni útiles ni carreteras, ni siquiera ferrocarril y, para llegar a Málaga, la única alternativa era montarse en el caballo y cruzar la serranía.

Eso es lo que hizo Tragabuches, después de despedirse tiernamente de su enamorada. Lo malo fue que a cinco o seis leguas de Ronda tropezó el caballo, cayó el torero y se fracturó un brazo. Como pudo, volvió a casa y, a eso de las dos de la mañana, golpeó el portón. Le abrió la Nena, por cierto pálida, asustada y sospechosamente despeinada. El gitano sintió que los celos le mordían más que la herida del" brazo y buscó por toda la casa al posible -hoy presuntaamante de la Nena, que lloraba en un rincón de la cocina.

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