27 abril 2013

El modelo americano

La desintegración de los regímenes políticos de los países del Este puede significar el triunfo de la sociedad civil sobre una clase dirigente que basó el ejercicio del poder en la violencia militar y policial, en la burocracia y el autoritarismo. Pero los anhelos de libertad de unas sufridas poblaciones podrían de nuevo verse hipotecados si simplemente se tratase de instaurar ahora una democracia a la americana.

Las transformaciones que están teniendo lugar en los países del «socialismo real» cambian profundamente en todo caso el panorama político mundial y obligan a repensar una vez más el tan debatido problema de los modelos de sociedad que algunos pretenden escamotear ahora presentando victorioso al modelo americano. Conviene pues desplazarse al centro del Imperio para comprobar la ilegitimidad de un sistema en el que el FBI y la CIA se presentan conjuntamente como los nuevos pilares de la democracia mundial.

El intelectual radical Noam Chomsky resumió los puntos neurálgicos sobre los que giró la política reaganiana y señaló que el programa de su Administración (durante los mandatos iniciados en 1980 y 1984) no fue propiamente hablando ni liberal ni «conservador» ya que el poder del Estado se expandió más rápidamente que bajo cualquier otra Administración desde la Segunda Guerra Mundial. Estos serían sus rasgos esenciales: La transferencia de los recursos de los pobres a los ricos. La intervención masiva del Estado en la economía a través del sistema militar.

Una política exterior más «activista», es decir, caracterizada por el incremento del terrorimso, la subversión y la agresión internacional patrocinados por el Estado. Así pues en el reaganismo coexisten los cánticos laudatorios al mercado, a su libre curso y transparencia, con una voluntad política de protegar a los «servicios de inteligencia» de toda indagación pública, como se ha puesto de manifiesto en el Irangate. Los efectos sociales de este programa de gobierno se resumen bien en lo que se ha denominado la dualización de la sociedad norteamericana, es decir, en la tendencia a una bipolarización entre sectores minoritarios de población que nadan en la abundancia («golden boys», especuladores, tiburones de las finanzas y otros) y sectores marginalizados que se mantienen al borde de la supervivencia.

Los recortes de los gastos sociales realizados por los jugadores de poker de la Casa Blanca, aunque no afectaron fundamentalmente a las pensiones de la Seguridad Social, -para evitar las protestas de los pobres y de las diferentes instancias que median entre los poderes públicos y las poblaciones marginadas- fueron especialmente drásticos en el ámbito de la subvención a viviendas, ya que en este sector el gasto federal descendió en ocho años de 38.000 millones de dólares a 13.000 millones. En la actualidad existen más de dos millones de norteamericanos sin vivienda -«homeless»- que duermen en albergues, estaciones o parques.

Por otra parte, seis millones de ciudadanos pagan en concepto de alquiler la mitad de sus ingresos. El reaganismo incrementó la tasa de beneficios del capital, potenció la inversión extranjera y redujo hasta índices relativamente bajos la tasa de desempleo, pero en contrapartida se disparó la deuda exterior, se desató la especulación y se institucionalizó el trabajo precario. Tom Wolfe ha descrito con agudeza en La Hoguera de las vanidades el panorama del capitalismo americano de los ochenta situándolo emblemáticamente entre los «bonos basura» y los «basureros sociales». Tal es el modelo económico que desde el centro del Imperio irradió al resto de los países «libres» para imponerse con mayor o menor fortuna.

La nueva moral de los «amos del universo» se basa en la apología de la excelencia y la competitividad, la promoción del narcisismo y el «new look», el consumo ostentoso y la carrera por llegar a la cumbre aunque para ello sea preciso ascender sobre una alfombra de cadáveres. El retornelo de los nuevos adalides del éxito es una vez más el «sálvese el que pueda». La moralidad de sus acciones se basa en un nuevo imperativo categórico. «Obra de tal forma que tus acciones te reporten siempre beneficios económicos y mayor poder». Se entiende así que surja una sociedad anónima, una sociabilidad asocial, en la que prenden con facilidad el consumo de los valores psicológicos, la carrera a tumba abierta por las drogas duras, los delitos económicos y la criminalidad callejera.

De hecho en la era reaganiana se ha producido un aumento inusitado de la población reclusa que ha alcanzado la cifra récord de 750.000 presos. No hace falta añadir que el 99% de estos reclusos pertenecen a las capas sociales más pobres y se reclutan en un 50% de entre la población negra, pese a que esta representa tan solo el 12% de la población global. En la actualidad las calles de muchas ciudades americanas son un hervidero de pobres y mendigos que carecen de toda una serie de recursos básicos.

Una prueba del carácter bífico de esta sociedad es el hecho de que una quinta parte de la población posea el 43,7% de los recursos mientras que, en el otro polo, otra quinta parte de la población viva en situación de extrema pobreza y tenga que contentarse con el 4,6% de la renta total. Quizás sea Nueva Yok la ciudad que refleja mejor la descarnada violencia que atraviesa esa desigualdad. Se calcula que en esa hermosa ciudad viven mas de 200.000 adictos a la heroína, la mitad de ellos enfermos del SIDA. de los cerca de 80.000 «homeless» unos 5.000 son enfermos mentales que padecen trastornos graves. Un total de 20.000 niños y adolescentes carecen de vivienda y viven a la intemperie mientras que otros 15.000 lo hacen en albergues. En el pasado año, la cifra de asesinatos y homicidios supuso una media de mas de cinco muertes violentas por día.

A la sombra de la estatua de La Libertad y de los circuitos financieros que mueven el mundo crecen, en una espiral de insatisfacción, el desarraigo y la enfermedad que se alimentan de la indiferencia ante las desigualdades. «Los Estados Unidos, escribía hace algunos años el sociólogo francés Robert Castel, destacan entre todas las sociedades industriales avanzadas, por poseer el mas arcaico y deficiente sistema público de asistencia. Por ejemplo, no existe un sistema nacional de seguros comparable a las Seguridades Sociales europeas. Es preciso tener mas de 65 años o ser reconocido como indigente, para poder beneficiarse de un tratamiento médico gratuito que a pesar de todo será parcial y frecuentemente mediocre». En este marco se explica que el consumo de salud se convierta en un signo fundamental de distinción, en el atributo de los triunfadores.

En 1975 existían en USA 26 millones de pobres. Al final de la era Reagan el número se elevó a 32 millones. Son cifras oficiales, es decir, estimaciones a la baja. El sueño americano se ha convertido en una sombría pesadilla para millones de ciudadanos. Los más egregios representantes del pensamiento neoliberal -Escuela de Chicago y de Virginia- proponen ahora un nuevo contrato social en el que al fin se abandonarían las referencias a la igualdad en nombre de una nueva concepción de la justicia. El modelo americano supone un retorno a las sociedades estamentales dinamizadas a través de los intercambios económicos.

 Hace ya algunos años el radical Wright Mills nos previno contra este absolutismo de nuevo cuño, este nuevo zarismo que ha sustituido al soberano por élites políticas, militares y financieras, por los nuevos «amos del universo» que controlan los flujos y reflujos económicos, políticos y sociales desde las cimas del poder y la gloria. Esta selecta minoría, que se reserva las grandes decisiones, vampiriza el poder social de los ciudadanos, y esquilma los recursos de la tierra, ha dado innumerables pruebas de una voluntad antidemocrática al proteger al Estado del control público.

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