29 enero 2013

Contamos con la presencia enemiga

Uno de los motivos cruciales en la amplia producción literaria del autor de «El almuerzo desnudo», el norteamericano William Burroughs describe implacable la coartada policial de nuestro siglo. Podría considerarse como el sustrato de una iniciación. Los indefensos serán perseguidos y castigados -abandonados a su suerte, prisioneros o eliminados- para mayor gloria de la buena conciencia, para garantizar el mantenimiento de la civilizada sociedad postindustrial, y para consolidar la preservación de la sensibilidad, siempre susceptible, de los votantes -por supuesto, libres de toda sospecha- afectos al orden.

Serían «indefensos» todos aquellos que hubieran caído en la «trampa». De forma genérica, François Lyotard, catequista de la filosofía postmoderna y otras invenciones intelectuales para no dormir, denominó el prototipo caracterizado por circunstancias tan irregulares como «lo juif» (lo distinto), arrancando de una premisa heideggeriana y polémica que en esta oportunidad habrá de quedar al margen. Lo «distinto», por su propia naturaleza, será siempre perseguido...

No obstante, la figura -a diferencia de lo que Burroughs vive y desenmascara en sus escritos- se vacía de contenido real cuando se percibe el papel de la droga en lo inmediato. La trampa. La Droga. Divinidad y a la vez condena. Signo religioso, reverenciado, raíz de complejas desavenencias seculares. Emblema hermético, sinuoso, oscuro. Frontera entre el Bien y el Mal. Temblorosa mención abstracta y fanática para aludir y/o eludir el infierno que ya no existe en el más allá. ¡La Droga! Excusa de inquisidores aficionados, muleta de snobs tras las derrotas de la lujuria y el juego. Piedra («dura» o «blanda») de escándalo.

En síntesis: universo donde en casi todos los casos resulta evidente -insiste con motivo Antonio Escohotado al abordar la materia en los tres apasionantes volúmenes de su «Historia de las drogas»- que no sabemos nada. Como es sabido, la ignorancia no representa un obstáculo para hablar. Y hablar mucho. Porque, de hecho, ¿qué droga? ¿Aquella que parece necesitada de antros siniestros, o acaso la que requiere billetes planchados y montañas nevadas? ¿Aquella de muerte lenta que expenden (y encarecen con decretos discriminatorios) los gobiernos de las democracias avanzadas y los monopolios, o la que vive clandestina en los tumultos? ¿La de sabor «heavy» o la de perfume «light»? ¿Las sedantes e higiénicamente limpias, salidas de los fregaderos de los laboratorios, o por ventura las empacadas y defendidas en las Altas Sierras por guerrilleros luminosos?. No hay respuesta única. Por el contrario, abunda la hipocresía. El secreto a voces. En ese área, según el juicio de Eduardo Haro Ibars, la arbitrariedad se extrema: la Droga se transforma en política, en negocio. Negocio respetable.

Ello nos reintegra al universo de la literatura de Burroughs, secuencias estremecedoras de un confesado proceso de desintoxicación y memoria de una realidad paupérrima y de sus contrafiguras. Cuando Burroughs decide ser amigo de los «beatnik» (Kerouac, Ginsberg, Solomon) pero no componente integrado en ese movimiento, posee ya una visión material de su obra. Sus extravagancias tangerinas todavía producen temor y escalofriantes leyendas: amigos aterrorizados por el escritor, que se encierra en su casa para disparar su revólver contra una pared y consumar sus excesos.

A ellos se referirá como «experimentos». Su defensa, al cabo de los años, del tratamiento de la apomorfina, que aplicase sobre sí mismo, con gran riesgo personal, daría principio a una aventura narrativa no exenta de sentido profético para las ciudades del mundo moderno. Ciudades ardientes de las Noches Rojas (léase «Yonqui», «Nova Express», «Tierras de Occidente», «El trabajo»; todos ellos títulos de Burroughs), Ciudades que surgen a semejanza de inmensas factorías de muerte, ofrecen turbios laberintos para el yonqui que anhela su dosis y se integra en un tráfico cósmico. Es en ese reino que pasa por irreal donde se internan los valerosos Defensores de la Ley, a la caza del desorientado.

Entre esos personajes media un escenario digno de un film de trazo futurista. Será en este ambiente donde se repita la conocida ceremonia. El policía ejemplar capturará al imprudente adicto. El comercio seguirá. Brindará riesgos y peligros y emociones sin cuento para quien desee internarse en la eterna historia. Una historia que va siendo, con el paso de las décadas, cada vez más incomprensible aunque menos enigmática. En esa película de Buenos y Malos que es nuestro tiempo -reitera Burroughs, y no es el único- paga siempre el elemento básico para la continuidad del Gran Negocio: el ser enganchado. Sin lugar a dudas, un pésimo artista del comercio. Un detestable inversor. Sin remedio, víctima y verdugo. Actor sin voz ni parlamento. Sombra silueteada, tenebrosa. Sin esa imagen la tragedia parecería irreal; tampoco sería noticia. Una presencia cotidiana, enemiga.

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