15 octubre 2012

Una madre asqueada


Tomás y Angélica se conocieron hace dos años, dudaban en venir a Occidente pero el nacimiento del pequeño Tony les hizo decidirse. La joven madre muestra un paquete de galletas de mantequilla. «Imaginaros la situación de una madre allí: sin galletas, apenas frutas para dar a su bebé». La madre, asqueada, insiste sobre cada palabra. «Ni siquiera zumo de fruta para mi Tony!» Tomás opina, con más tranquilidad, «los últimos días me hubiera gustado manifestarme con mis compañeros, subir a las barricadas. Luego pensé en Tony. Tuve miedo de la violencia, de la cárcel.

No iba a abandonar a Angélica para pudrirme en el fondo de un calabozo, como tantos amigos míos.» «Habíamos presentado una solicitud para una casa pequeña, o para un apartamento de dos piezas, por lo menos». Añade Angélica: «la respuesta que obtuvimos fue: están muy bien donde están. No esperen nada antes de 3 o 4 años». En esa época vivían en casa de una hermana de Tomás.

Tomás era criador en la cooperativa local, y ganaba alrededor de mil marcos al mes. «No lo bastante para vivir, no lo bastante para morir». Cuando nació Tony, Angélica decidió quedarse en casa. Ahora compara: «allí una chaqueta de invierno cuesta 500 marcos». En 1989, Tomás solicitó por segunda vez una autorización para salir del país. Le concedieron permiso para salir el 3 de noviembre, pero a él sólo. Su familia no podría acompañarle. El primer domingo de octubre, ya estaba tomada la decisión. Llevaría a Angélica y Tony a la embajada germanooccidental de Praga y se encontraría con ellos un mes más tarde en Berlin Occidental. Sin embargo, apenas cruzada la frontera con Checoslovaquia, la radio anuncia que la RDA ha suspendido la libertad de viajar de sus ciudadanos a través de Checoslovaquia.

En ese momento, Tomás se asustó: «si hubiese vuelto, tal vez no hubiera podido jamás reunirme con mi familia. Habíamos ido demasiado lejos». Cogieron al «tren de la libertad» que salía de Praga hacia la RFA con 8.000 refugiados germanoorientales, Tomás recuerda que durante el viaje consignó dormir. Angélica, no. «Me aferraba a Tony pensando que en cualquier momento podían detener el tren y bajamos a todos». Al alba, por fin, el tren dejaba atrás el muro y se detenía en la estación de Hof. Tomás se precipitó hacia una cabina telefónica para decir a sus padres que habían llegado bien y que, tal vez, se volverián a ver algún día. Sus ojos negros todavía se llenan de lágrimas. «Lloraba sin parar». Sin embargo, apenas llegados en la RFA, la pareja es puesta en guardia. Berlín está desbordado de refugiados. No hay trabajo, no hay alojamientos. El Gobierno les envía al campo de Ahrweiler, y la dulzura de la zona Renania les convenció. Se quedarán a vivir ahí.

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