19 octubre 2012

Los partidos de fútbol en la calle

La familia se pasea todos los días por las calles del pueblo de Ahrweiler, pero nunca cruza el umbral de las tiendas. Cada noche, en el cambio de refugiados, sus vecinos llegan con una máquina de afeitar, un secador, una televisión portátil. Pero para Tomás, toda esto es todavía «poco». «¿Para qué correr tanto?» Si estuviera en el Este, me lo habría llevado yo también, aquí sé que los comerciantes me esperarán». Tomás quiere comprarse un Golf GTI.

Un coche de genuina fabricación alemana. !Por su calidad! El rebelde, en el fondo, es patriota. En Potsdam, le detuvieron un día por «delito vestimentario». «"Reconózcalo, usted quiera provocar", me dijo un policía». «Aquí, a veces es una pena, nadie se dá ni cuenta de la manera en que me visto». Muy pronto llegaron los primeros golpes. Tomás y Angélica se fueron de su pequeño pueblo con una idea fija: ir al Berlin Occidental. Allí vive un hermano de Tomás, que se exilió legalmente en 1985. «Fue muy duro cuando se marchó. Le telefoneaba muy a menudo y me contaba cosas de Occidente duro, decía, "muy duro, pero me desevuelvo"» recuerda el joven refugiado.

Después de las dificultades para encontrar trabajo, y de las ofertas de los empresarios alemanes, no siempre dentro de la legalidad, la pareja toma conciencia que la RDA no es siempre roja, ni que la RFA siempre rosa. Sin embargo, en ningún momento se arrepienten de su decisión. De la «sociedad de consumo», dice, «es fantástica, pero si te sales de círculo, eres hombre muerto». Pese a todo, Tomás y Angélica han dejado buenos recuerdos al otro lado del muro. Los veranos que Tomás, niño, pasó en Thuringe. Su adolescencia en Potsdam. 

Los partidos de fútbol con los chicos de la calle de arriba. Por sus recuerdos, por sus padres, por el álbum de fotos y por todas las personas queridas que se quedaron del otro lado, Tomás espera poder volver algún día a la otra Alemania. Sin trabajo, ni casa fija, la familia ha sucumbido al rito del exiliado. Tomás ha comprado un paquete de café, un poco de chocolate, para enviarlo allí. Es el primer paquete del refugiado. Los que llegan, no se olvidan de los que quedaron al otro lado.

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