29 octubre 2012

Lechos de plumas y de pajas

Antes que a las camas propiamente dichas, este libro nos acerca a distintos escenarios seleccionados en virtud de su relación -directa o indirecta- con las prácticas amorosas, sexuales.

O, al menos, con los sueños, las fantasías eróticas, asociados a dichas prácticas. Decorados -amueblados o no-, escenografías que sirven de estimulo y acicate para el deseo o, por el contrario, ambientes que aparecen como elementos disuasorios y pueden llegar a ahogarlo. La amplia parafernalia desplegada en torno al divino divan y sus derivados, tiene su contrapartida en la desnudez extrema de los entornos naturales: el prado, la arena de la playa, cama del amor verdadero, en palabras de la autora. Entre medias, jergones, literas, tablas, pajares..., un largo muestrario de variantes que siempre giran en torno al genérico camas.

A lo largo de dieciocho capítulos asistimos a la puesta en escena de situaciones familiares, secuencias reconocibles pese a su pretendido exotismo, a su rareza, a su peculiaridad. Como si estuviéramos en la butaca del cine y á hubiésemos visto la película. Lourdes Ortiz hilvana con soltura retales de distinta procedencia. Libros, cuadros, filmes..., materiales pertenecientés a variadas épocas históricas, se combinan según el capricho de la autora, que los contrasta, los enfrenta o inserta en la experiencia cotidiana, de forma que acaben encajando y no desentonen respecto a la idea global. Sólo acias a este proceder -'e entiende que ciertas parcelas queden muy simplificadas. Por ejemplo: el mundo de la prostitución en la actualidad, que Lourdes Ortiz resume en el ámbito de las llamadas putas modernas, usuarias de camitas de escaparate, higiénicas, casi instrumental médico.

Este esquema, alimentado en lo obvio, se auxilia de determinadas referencias culturales para hablar de la cama como generadora de mitos, de símbolos. Como tal funciona cuando se trata de dar énfasis al acto amoroso y a la atmósfera donde está inmerso. De hecho, proporciona a su artífice material suficiente para elaborar una especie de placentero pase de modelos, más recatados que impúdicos, privádos del don de la sorpresa. Se sabe de antemano lo que va a llevarse en cada temporada. El diván, plumas. El jergón, brutalidad. El desván, secreto. La playa -y Lourdes Ortiz muestra a las claras su preferencia por la naturalidad frente al artificio, el paraíso... Este saber de antemano tiene la ventaja de que los maniquíes -amantes, oponentes o ambas cosas a la vez- se mueven con soltura al ritmo marcado. Sin tropiezos.

Sólo dicen, o sugieren, lo que indica el guión: frases obligadas en cada uno de los contextos. La armonía inherente al variopinto catálogo amatorio que presenta Camas la proporciona esa música en sordina que suena por debajo de los sucesivos apartados. Una música suave, desenfadada, envolvente, que desafina en ocasiones: cuando califica despreciando, mediante diminutivos reiterados, poco certeros (buenecita, carnes redonditas, colchoncito, sabanitas, escote cerradito, está necesitadito... y otros).

El resto del tiempo, esa melodía -colchon- de fondo amortigua posibles escabrosidades, antes de estallar en la frase final del libro, resumen paradójico -romanticismo e ironía a la par- de la opinión de la autora: la pasión no depende de la cama sino de sus ocupantes.

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