31 mayo 2012

El siglo XX nos hizo más sabios

«Veo que el siglo actual está marcado por una creciente inseguridad», afirma Tony Judt. Y reflexiona sobre las razones: una excesiva libertad económica, una creciente incertidumbre derivada del cambio climático y también del comportamiento impredecible de ciertos Estados. «Intelectuales o filósofos políticos nos encontraremos enfrentados a una situación en la que nuestra principal tarea no será imaginar mundos mejores, sino más bien pensar en cómo evitar que sean peores». 

Así lo ve el autor de títulos como Algo va mal o Postguerra, que lo muestran como una voz a contracorriente, capaz de enfrentarse en su día a lo políticamente correcto, en el que es su testimonio póstumo, Pensar el siglo XX (Taurus). Una obra sin duda interesante, pero además necesaria en estos tiempos en los que si algo necesita el lector, el ciudadano inquieto, es reflexión, interpretación y respuestas. Las respuestas que no le ofrecen los dirigentes políticos, ni los economistas, ni la crónica urgente, pegada a la actualidad, de los medios de comunicación. 

Judt consigue, a través de este libro, una exhaustiva entrevista con su colega Timothy Snyder, quien charló largamente con él mientras hacía frente a una enfermedad neurológica degenerativa (la ELA), que acabó con su vida, estimular en el lector la capacidad de seguir el hilo de la Historia para comprender cómo y de qué manera hemos llegado hasta aquí y de qué modo los desaciertos del pasado pueden indicar qué camino no seguir. 

«El siglo XX es una constante relación de desdichas humanas y sufrimiento colectivo del que hemos salido más tristes pero también más sabios». Lo dice, lo cuenta el historiador en esta entrega que, sin olvidar las grandes tragedias del siglo XX -las dictaduras, la violencia, la supresión de los derechos individuales-, también pone el foco en las zonas de luz. «Para cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, había mucha más gente de la que ahora nos gusta pensar para la cual la elección entre el fascismo o el comunismo era lo que importaba. Nos resulta difícil recordar una época en la que eran mucho más creíbles las democracias constitucionales que ambos despreciaban. En ningún sitio estaba escrito que las últimas ganarían la batalla de corazones y mentes, y mucho menos las guerras», argumenta en la que es toda una reivindicación de la esperanza. 

Resulta estimulante seguir a Judt y a Snyder en este viaje que arranca en la primera contienda mundial y en la Revolución Rusa, y atraviesa en profundidad el Holocausto, el nazismo, el comunismo, el sionismo, el capitalismo... convirtiendo en protagonistas a figuras históricas como Freud, Hannah Arendt, Sartre y tantos otros intelectuales, políticos y economistas que se cruzan en un esclarecedor mosaico que ofrece distancia, la distancia necesaria para comprender. 

Pensar el siglo XX es, en cierto modo, el prólogo de Algo va mal, donde Judt sostenía: «No podemos seguir viviendo así. El capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos y a volver a acudir al Estado para que lo rescate. Pero, si todo lo que hacemos es recoger los pedazos y seguir como antes, nos aguardan crisis mayores durante los años venideros». 

Llega a conclusiones similares en su obra-legado, donde, sin embargo, el objetivo es repasar el pasado. El capitalismo vuelve a ser objeto de sus dardos y firme su defensa del Estado del Bienestar. Y hace un llamamiento a volver la atención hacia la distribución de los bienes, a «hablar más de retribuciones y necesidades que de resultados y eficacia». Así concluye después de un amplio y convincente análisis de los males del sistema actual, de la inconsciencia de no valorar suficientemente la catástrofe social derivada de las desigualdades.

Contrario a los procesos de privatización, convencido de que la política social consiste en hacer que el electorado tenga la mayor formación posible («pero incluso una ciudadanía culta no representa suficiente protección contra una economía política abusiva», apunta), el autor alude a la legitimidad de los gobiernos, que deben ajustarse a las premisas bajo las cuales la gente eligió a sus representantes, haciendo que sus acciones se correspondan con sus palabras. 

«Hemos vuelto a la era del miedo. Vivimos en el temor a un futuro desconocido, el temor de que nuestro gobierno ya no puede controlar más las circunstancias de nuestras vidas», señala mientras, inevitablemente, el lector hace su propio repaso: miedo a las bombas, al extremismo islámico; miedo a lo que viene de fuera...

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