28 noviembre 2011

Rembrandt y Bacon, una cita en Savile Row.

Al principio fue una foto: Francis Bacon, sumido en sus inescrutables pensamientos, con el autorretrato de Rembrandt con boina en segundo plano, como velando sus espaldas y trasmitiéndole la sabiduría acumulada durante los últimos 300 años de la historia del arte.

La foto de Irving Penn -tomada en 1962- caló muy dentro en la retina de Pilar Ordovás, que desde entonces soñó con unir las marcas indelebles de los dos pintores bajo el mismo techo.

Cinco años ha tardado en cuajar la particular utopía artística -Irrational Marks: Bacon, Rembrand- con la que la galerista española se lanza además con espacio propio en Savile Row, después de haber ganado a pulso su reputación en el mundo londinense del arte de Londres tras su paso por Christie's.

Fue precisamente en Christie's, bajo la mirada de Pilar Ordovás, cuando la obra de Bacon alcanzó la estratosfera con Triptych (vendido por 26 millones de dólares). Su querencia por el pintor irlandés se intensificó cuando en el 2006, trabajando con Valerie Beston, tuvo oportunidad de tener en sus manos la imagen en blanco y negro que disparó su imaginación...

En Marcas irracionales podemos admirar ahora el famoso autorretrato con boina del pintor holandés (fechado alrededor 1659 y cedido por el Museo Granet) entre una espléndida colección de estudios y autorretratos de Francis Bacon (entre 1964 y 1977), procedentes de varias colecciones privadas.

Ordovás ha querido debutar en Londres por la puerta grande, con una exposición con hechuras de museo. «La relación entre los dos pintores daría sin duda para mucho más, pero creo que está muy concretada en este espacio donde hemos trazado de alguna manera el camino».

Mucho se ha escrito sobre la influencia de Velázquez y Van Gogh en la obra de Bacon; Pilar Ordovás considera, sin embargo, que su intimísima relación con Rembrandt (marcada sobre todo por los autorretratos) está aún por explorar. «Bacon estaba obsesionado en particular con ese autorretrato de Rembrandt y tenía una reproducción en su estudio», recuerda la galerista. «Varias veces visitó el Museo Granet, en el Aix-en-Provence, para poder admirarlo de cerca... Le asombraba la capacidad que tenía la pintura para variar sus contornos, cambiar con el tiempo y sin embargo parecerse siempre a Rembrandt».

«Bacon pensaba que todo el expresionismo abstractos estaba ya contenido en las marcas de Rembrandt», asegura Ordovás. «Pero pensaba que en Rembrandt, esas marcas tenían un valor añadido, que era el de registrar un hecho, lo que convertía su obra en algo más excitante y profundo».

En el catálogo de la exposición, Martin Harrison se refiere a la rebeldía de Bacon como pintor figurativo en pleno dominio del expresionismo abstracto. «Bacon creía que todo gran arte emerge de la tensión entre el orden y el caos», escribe Harrison. «Pensaba que la clave del modernismo figurativo estaba en la reonciliación entre la libertad accidental de las marcas y el hecho de atrapar la apariencia».

Bacon consideraba el arte abstracto por sí mismo como reiterativo y débil, demasiado restringido a valores formales como para tratar con la grandeza o el alcance de los temas humanos». Su meta, según Harrison, fue desarrollar «un lenguaje pictórico que le permitiera rehacer la apariencia de una manera no ilustrativa y visceralmente inmediata». Y la obra que marcaba su anhelo artístico era precisamente ese diminuto autorretrato «casi completamente anti-ilustrativo», firmado tres siglos antes por Rembrand van Rijn.

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