17 octubre 2011

El Sevilla es feliz en su montaña.

A falta de nuevas propuestas, el Sevilla bastante tiene con celebrar que la que tiene, la única, le va de maravilla. Que resumiendo consiste en pegar y cubrirse. Ambas cosas las hace probablemente como nadie. En especial, ahora lo segundo, donde ha mejorado considerablemente en gran parte por la inmensidad de un portero que va camino del mito. La verdad es que el chico no ha podido ser más inoportuno firmando su renovación la semana pasada. Si llega a esperar un poco más, le podría haber pedido a Del Nido todo el oro del mundo. Y con razón. En cuanto a lo primero, la pegada, tampoco es algo que preocupe en el Sevilla mientras dure Kanouté. Nada más le queda por pedir, pues, a un satisfecho Marcelino. De hecho, en el Sevilla defienden que la progresión del equipo hacia parámetros de fútbol más digeribles es cuestión de tiempo.

El Sevilla sigue feliz en su montaña, donde todo funciona y donde no hay pega que le puedan achacar sobre el rendimiento. Pero abajo, a ras de realidad, el último ejercicio ante el pobre colista desgarró un poco más ésas rácanas razones para creer en que contemplaremos a no mucho tardar un equipo que gane, y que además lo haga con hechuras de equipo ganador. El duelo con el Sporting, que se presentó con un empate en seis partidos, iba a ofrecer al Sevilla una sesión de entrenamiento para empezar a forjar esa virtud abandonada por otra no menos cotizada: la efectividad. Ayer, hasta pareció capaz de mejorarla y ganar por más de un gol. Ni eso, al final.

El fútbol del Sevilla acoge cualquier discusión. Sus números no, algo que se sostiene en que los que tienen que marcar los goles y los que tienen que evitarlos no fallan. Tampoco los números del Sporting aceptan discusión alguna. Pero de momento, Preciado parece que sigue.

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